Juan de Mariana

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

Tomo Il

IO MARIANAE

Bfpani. - E SOCIE. IESV, HISTORIAE

DE REBVS HISPA- NIAE

Toleti, Typis Petri Roderici. 1591

92. Cum facultate €s' Primilegio.

CLÁSICOS DE HISTORIA

Edición digital (epub): Clásicos de Historia, 2014 Conversión (pdf): FS, 2018

U=JMlo DOMAIN

NOTA DEL EDITOR

Sobre esta edición. La he realizado a partir de la excelente de 1780, que se basa en la de 1623. He actualizado la ortografía, los signos de puntuación, y de modo no exhaustivo, los nombres propios, sustituyéndolos por los comunes actualmente (Leuvigildo- Leovigildo). También en ocasiones he modernizado la forma de algunas palabras. Como justificación podemos citar al propio Mariana, aunque sea para discrepar de él: «Algunos vocablos antiguos se pegaron de las Crónicas de España de que usamos, por ser más significativos y propios, por variar el lenguaje, y por lo que en razón de estilo escriben Cicerón y Quintiliano.» Pienso que mantener los recebidos (por recibidos) y guardalle (por guardarle) tiene el mismo valor para el lector común que el mantener la diferenciación entre Í y s, usual en la edición que manejo.

[Javier Martínez, 2014]

Tomo Il: Libros I a X. Desde los orígenes hasta el siglo XII, con la llegada de los almorávides.

Tomo Il: Libros XI a XX. Desde 1150 hasta 1429, con Juan Il de Castillo y Alonso V de Aragón.

Tomo III: Libros XXI a XXX. Desde 1429 hasta 1515, con la muerte de Fernando el Católico. Le sigue un apéndice con los

sucesos anuales más destacados hasta 1621.

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

JUAN DE MARIANA

TOMO SEGUNDO

A partir de la edición de 1780: HISTORIA/GENERAL/DE/ESPAÑA/COMPUESTA, EMENDADA Y AÑADIDA/POR EL PADRE JUAN DE MARIANA/DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS/CON EL SUMARIO Y TABLAS./DECIMAQUINTA IMPRESIÓN./TOMO PRIMERO./EN MADRID POR ANDRÉS RAMÍREZ/AÑO M. D. CC. LXXX.

Be Idem/TOMO SEGUNDO./EN MADRID POR ANDRÉS RAMÍREZ/AÑO M. D. CC. LXXXIL [Edición impulsada por la Real Bibliotheca, que se basa en la de

1623, revisada por el autor.]

Editada por Javier Martínez Romeo

LIBRO UNDÉCIMO

CAPÍTULO PRIMERO. Cómo los almohades vinieron a

españa

Una nueva entrada que los almohades hicieron en España, gente bárbara y fiera, hemos de contar. Un nuevo reino que en África y en España se fundó por estos tiempos, nuevas asonadas de guerras sangrientas, con cuyas olas la república cristiana fue trabajada; maravillosos y extraordinarios juegos de la fortuna mudable hasta tanto que ganada una victoria señalada, y la más ilustre que en aquella sazón hubo en el mundo, las fuerzas de los

moros mucho se enflaquecieron y quebrantaron.

Tenía el imperio de los moros en África y en España Albohalí, príncipe del linaje de los almorávides, como arriba queda declarado, en el cual tiempo un cierto hombre, llamado Tumerto, en África, muy docto, así bien en las demás partes de astrología como señalado en pronosticar por el nacimiento de cada uno la vida, ingenio, costumbres y accidentes que había de tener, que es una ciencia vanísima, considerado el rostro de un mozo llamado Abdelmon, de cuerpo membrudo y muy animoso y por el aspecto de las estrellas, sin embargo que era de muy bajo

suelo, tanto, que su padre era ollero, le pronosticó sería rey de su

nación; que así lo mostraba el cielo y tales eran sus hados, cuya fuerza no poderse quebrantar la gente y nación de los moros está

muy persuadida. Abríanse las zanjas de una fábrica muy grande.

Sucedió muy a propósito para sus intentos que un gran predicador de la ley mahometana, en aquella sazón tenido por hombre de santa vida y de doctrina singular, llamado Almohades, introduciendo y publicando nuevas declaraciones de la ley, despertaba y alborotaba los ánimos de la muchedumbre, mudable de ingenio, principalmente en África, y deseosa grandemente de novedades. A este como quier que "Tumerto persuadiese su pronóstico, y él, o de verdad lo creyese así, o lo mostrase, trataron entre de mudar el estado de aquel reino. No hay trama más engañosa en la apariencia que el pretexto y capa de la mala religión cuando se usa de ella para dar cubierta a otras maldades; ni hay cosa más perjudicial en la república que alterar la fe y religión que los mayores abrazaron. Así de todo tiempo consideramos haberse destruido grandes imperios por la diferencia en la religión, porque dividido el pueblo en parcialidades, de la contienda y de las palabras se pasa a enemistades descubiertas; y la una parte y la otra defiende sus opiniones con las armas, sin parar hasta arruinarlo todo; lo que sucedió al presente, ca Almohades por la mucha autoridad que tenía persuadió a los que le seguían tomasen las armas debajo la conducta de Abdelmon, atropellasen y destruyesen el reino de los almorávides, pues era ilegítimo el señorío que se fundara por fuerza destruyendo a los alavecinos, linaje que descendía de Fátima, hija mayor de Mahoma, su profeta. Demás de esto, que si

no sacudían de el imperio de los almorávides, no podrían las

opiniones que de la religión tenían abrazadas pasar adelante, que los intentos impíos e insultos de aquella ralea de gente era justo

fuesen castigados y vengados con toda diligencia.

Movidos por estas razones los del pueblo, se determinaron a tomar las armas; pero como no fuesen diestros en la guerra, al principio quedaron vencidos en batalla por las armas y poder del rey Albohali. Sobrepujó el esfuerzo a la muchedumbre y canalla. Mas en breve juntadas nuevas fuerzas, volvieron a la guerra, y no pararon hasta que, vencidos los almorávides, dieron la muerte al rey Albohali. Abdelmon sucedió en su lugar. En tiempo de este rey los que seguían a Almohades, de quien se tomó el nombre de los almohades, se apoderaron de aquel reino y mudaron en él las leyes y costumbres antiguas. Demás de esto, dado asiento en las cosas de África, volvieron sus pensamientos a España. Tumerto se quedó en África con intento que sus enemigos no tuviesen lugar de alterarse; el nuevo rey Abdelmon y el profeta Almohades con mucha y muy buena gente pasaron a España, al principio sin hacer daño, porque no desconfiaban que los de su nación voluntariamente se les rendirían; que si entretenían su esperanza y tomaban consejo diferente, venían determinados no excusar ninguna cosa de las que se pudiesen padecer o temer, en fin usar de fuerza. Sucedióles como deseaban, que sin dificultad se persuadieron todos los moros que quedaban en España de acomodarse con el tiempo y recibir públicamente las nuevas opiniones y ritos que aquella gente abrazaba, esto con tanta afición y con tanto odio, así de su antigua superstición como de la religión cristiana, que todas las cosas ordenadas por los reyes

moros pasados las trastrocaban y forzaban a las reliquias de los

cristianos, que mezclados con los moros como las estrellas en las tinieblas de la noche resplandecían, y vulgarmente los llamaban mozárabes, con tormentos que les daban de todas maneras para

que dejasen la religión de sus padres.

Muchos por este miedo se huyeron a tierras de cristianos; entre los demás Clemente, prelado de Sevilla, llegado a Talavera, falleció algunos años adelante por este tiempo en aquel lugar, persona santa y muy ejercitado en la lengua arábiga. Otros muchos, oprimidos con el peso de los males, obedecieron a los vencedores, de tal suerte, que desde este tiempo pocos quedaron entre los moros que de nombre y de profesión fuesen cristianos. Los almohades, contentos con sujetar a su imperio los moros de España, no les pareció por entonces hacer guerra a los cristianos, que eran poderosos por tierra y por mar, antes acordaron dar la vuelta a África, donde tenían las principales fuerzas de aquella secta y parcialidad. Falleció el profeta Almohades en breve después que volvieron, y cerca de Marruecos, silla de aquel reino, por mandado del rey le edificaron un magnífico sepulcro; la muchedumbre, engañada con la muestra fingida de santidad y con la fama, comenzó a le honrar y hacer romerías a él por devoción. Vinieron a España los almohades año de nuestra salvación de 1150, del imperio de los árabes 545. El arzobispo

don Rodrigo pone seis años menos al fin de la Historia de los árabes, pero sin duda lleva la razón de los años errada en esta

parte.

CAPÍTULO II. Como murió don García, rey de Navarra

En el mismo año que salió el emperador don Alfonso al encuentro a los almohades, y talados los campos de Andalucía, puso cerco a Córdoba después que Abdelmon era vuelto a África, como yo sospecho; don García, rey de Navarra, cerca de Lorca, pueblo de su señorío, de una caída de un caballo que dio en la caza sobre una peña, murió a los 21 de noviembre, víspera de santa Cecilia. Iba a la sazón de Estella a Pamplona mal enojado con no muy grande causa contra aquellos ciudadanos y con resolución de castigarlos; más este accidente le atajó los pasos y pensamientos. Reinó dieciséis años; los hijos que dejó fueron estos: don Sancho, que luego le sucedió en el reino y se coronó en la iglesia mayor de Pamplona, do hizo enterrar a su padre; doña Blanca, nuera del emperador, y doña Margarita, que casó con Guillermo, rey de Sicilia, por sobrenombre el Malo. Hijos otrosí legítimos del rey don García fueron don Alfonso Ramírez, señor de Castro el Viejo, y doña Sancha, que casó primero con Gastón, vizconde de Bearne, después con don Gonzalo, conde de Molina.

La muerte de don García dio ocasión a los otros príncipes de nuevas alteraciones, en especial a don Ramón, príncipe de Barcelona, y al emperador don Alfonso, no obstante los muchos vínculos de afinidad que con el muerto y con sus hijos tenía. Es así que los reyes en más estiman ensanchar su señorío que ser

alabados de humanos y de modestos; no hacen caso con el deseo

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de mandar de lo que la fama puede hablar de ellos y pensar los venideros, como si con el poder presente se pudiese también apagar la memoria del tiempo adelante. Estos dos príncipes se juntaron en Tudelín, pueblo de Navarra, cerca de los baños que allí hay; hallóse asimismo presente don Sancho, ya días antes declarado rey de Castilla por el emperador, su padre. Hicieron dos acuerdos y conveniencia con estas condiciones: que todo lo que de nuevo se quitara a Castilla se restituyese enteramente a don Alfonso; lo que de Aragón a don Ramón; y que el antiguo señorío de Navarra, luego que juntadas las fuerzas le hubiesen quitado al nuevo rey, le dividiesen entre por partes iguales, a cada cual lo que más le estuviese a cuenta, en particular que Pamplona quedase por don Ramón, Estella por el emperador, Tudela fuese de ambos, y cada uno pusiese en su parte quien la gobernase; que don Ramón por los pueblos y ciudades que adquiriese en Navarra fuese feudatario de Castilla, renovando en esto la confederación de don Sancho y don Pedro, reyes de Aragón.

Añadióse demás de esto que pues el principal cuidado era de hacer guerra a los moros, luego que Valencia con todo lo que hay desde Tortosa hasla Júcar, y también Murcia, se ganase de moros, quedase por los aragoneses, como obligados eso mismo y feudatarios a los reyes de Castilla. Juraron los reyes estas condiciones; diéronse las manos entre sí, que conforme a las costumbres de España es una grande atadura de la fe dada y recibida; púsose término y señalóse tiempo para comenzar la guerra de Navarra, pasado el mes de septiembre. La liga se hizo a

27 de enero, que tuvo no buen principio, y fue adelante de

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ningún efecto, porque el nuevo rey, avisado de lo que pasaba, se apercibió con mucha diligencia, y aunque era de pequeña edad, estaba muy fortalecido, no más de socorros de fuera que de la benevolencia de los suyos, en que sobrepujó a su padre, príncipe que fue a sus vasallos pesado y comúnmente de los mismos aborrecido. Entre los señores de Navarra, don Ladrón de Guevara, de antigua nobleza y señor de Aivar, tenía muy grande autoridad, tanto, que por pasar a los otros muy adelante en

riquezas y poder, le llamaron príncipe de Navarra.

Al emperador y a don Ramón entretuvieron otros cuidados para que no pudiesen con todas sus fuerzas acudir a la nueva guerra, si bien los aragoneses con entradas que hicieron y correrías comenzaron a trabajar lo de Valderroncal, las gentes de Castilla a lo que de Navarra les caía cerca; los unos y los otros sin hacer cosa notable, mayormente que don Ramón se partió para Narbona contra Trencavello, vizconde de Carcasona, con quien filialmente se concertó por el mes de noviembre tuviese en feudo a Carcasona y Rodes. El emperador don Alfonso se hallaba ocupado en concertar nuevos parentescos y casamientos, ca Luis, rey de Francia, repudiado que hubo a Leonor, condesa de Poitiers, en quien tenía dos hijas, en su lugar se casó con hija del emperador don Alfonso, que unos llaman doña Isabel, y otros doña Constanza, y pudo tener entrambos nombres. El emperador por el mismo tiempo casó con Rica, hija de Uladislao, duque de Polonia, que es parte de la antigua Sarmacia, habida en Berta, hermana de Otón, obispo frisingense, como lo dice Radevico en lo que añadió a la historia que escribió el mismo

Otón. Entre tan grandes regocijos y aparatos de bodas como se

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hicieron no podían las armas tener lugar, fuera de que los navarros estaban confederados con los franceses, por lo cual pensamos que el emperador se amansó más y comenzó a divertir su ánimo de aquella empresa, que condenaban las leyes de la

amistad y los juicios de los hombres.

Además que a don Sancho, rey de Navarra, favorecían todos ordinariamente por el excelente natural que en su pequeña edad mostraba; y el mismo don Alfonso era muy amigo de justicia, aborrecedor de toda insolencia y demasía; virtud que por este tiempo mostró con un ejemplo digno de memoria. Un cierto soldado de sangre noble y del número de los que vulgarmente en España llaman infanzones, en Galicia, confiado en que aquella tierra caía lejos y en la revuelta de los tiempos, despojó a un labrador de todos sus bienes. Amonestado por el rey y gobernador de la provincia hiciese satisfacción de lo que tomara injustamente, no quiso obedecer. Disimuló el rey por entonces, y pospuestas todas las demás cosas, en hábito disfrazado para que la cosa fuese más secreta, desde la ciudad de Toledo fue por la dicha causa a lo postrero de Galicia. Llegado, cercó de sobresalto las casas del soldado, que huyó por miedo del castigo, más él le mandó prender y ahorcar delante de las mismas casas. Con este hecho el rey ganó autoridad y la inocencia quedó valida, y aquel hombre castigado como su desatino y soberbia merecía. Valeroso príncipe, que ni en paz ni en guerra estaba ocioso, antes vuelto a la guerra contra los moros, este año puso cerco a Jaén, el siguiente de 1152 a Guadix, ciudad de Andalucía, que los

antiguos llamaron Accí, pero no parece salió con estas empresas.

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Doña Petronila, reina de Aragón, parió un hijo, que en vida de su padre se llamó don Ramón, y después de él muerto, don Alfonso. Es cosa notable que, estando para parir, a 4 días del mes de abril, otorgó su testamento, en que dejaba el reino paterno al preñado, si naciese varón; pero si fuese hembra, nombraba por heredero a su marido don Ramón; que fue ejemplo bien extraordinario. Nombró por sus albaceas a tres obispos, Guillelmo, de Barcelona; Bernardo, de Zaragoza; Dodo, de Huesca; y junto con ellos otros hombres principales. Dice en él en particular que deja el reino a sus herederos libre como su tío don Alfonso le tuvo, es a saber, pospuesta la confederación y

asiento que poco antes se tomó con Castilla.

Por el mismo tiempo falleció don Pedro de Atarés, señor de Borja; sepultáronlo en el monasterio de Veruela, que no lejos de Zaragoza él mismo fundara. Borja quedó por el rey; a los templarios, a quien el difunto la dejó en su testamento, dio en trueque y recompensa a Ambela y otros pueblos. ítem, lo que los moros poseían a las riberas de Segre y Cinca, o por fuerza o por voluntad se ganó por los aragoneses. Demás de esto, ciertos castillos que caían entre Tarragona y Tortosa en bosques y lugares altos, y por tanto era difícil conquistados, en fin se venció la dificultad y vinieron a poder del rey. Lo mismo Miravete, a la ribera de Ebro, pueblo muy fuerte, que se dio a los templarios para que le poseyesen y tuviesen en él guarnición. En estas guerras se señalaron entre los demás en esfuerzo y diligencia el conde de Urgel y Ramón de Moncada y Poncio Hugón, conde de Ampurias, que falleció el mismo año. La tercera parte de

Tortosa, que conforme a lo asentado cuando se ganó era de los

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genoveses, el rey al presente la compró de ellos y la rescató con

dinero.

Con estas cosas el nombre de don Ramón comenzó en toda España y también acerca de las naciones extrañas a ser muy célebre, si bien él por su modestia o porque el reino de Aragón le tenía en dote, nunca en toda su vida se quiso llamar rey; solamente se intitulaba príncipe de Aragón, y contento con este apellido, lo gobernaba todo él sólo a su voluntad en guerra y en paz. Es cierto que desde este tiempo las armas antiguas de los reyes de Aragón se trocaron en las de los condes de Barcelona, que eran cuatro fajas o bandas rojas, que a iguales espacios de

arriba abajo dividen un campo o escudo dorado.

Don Sancho, el que adelante sucedió en el reino de Portugal a don Alfonso, su padre, nació a 11 de noviembre del año 1154, en Coimbra, donde la reina de buena gana moraba. Hermanas de don Sancho, doña Urraca, que casó en León, y doña Teresa, en Flandes. El nacimiento de este infante don Sancho fue la cosa más señalada que sucedió este año, y juntamente la venida de

Luis, rey de Francia, a España, de que se hablará luego.

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CAPÍTULO III. ¡De la venida a España de Luis, rey de

Francia

Tenía Luis, rey de Francia, llamado el más Mozo, un gran deseo de ver a España y visitar a su suegro. Era menester buscar algún color para tan larga jornada; pareció el más a propósito ir en romería a Santiago por voto que el tiempo pasado había hecho. Ésta era la voz que se decía en público; de secreto otra puridad le aguijoneaba más, como lo dice el arzobispo don Rodrigo, que los escritores franceses no hablan de esto. Ésta era informarse y saber en presencia si su mujer era nacida de legítimo matrimonio, porque algunos malsines, hombres malos, cuales tienen muchos los palacios de los príncipes, que todo lo tuercen, afirmaban al rey que la reina, su mujer, era bastarda, y por el mismo caso con aquel casamiento se disminuía y afeaba la majestad real de Francia. No dejaba él de dar oídos a estos chismes, porque a ejemplo de madama Leonor, su primera mujer, parece buscaba ocasión de repudiarla, por haber también ella parido dos hijas y ningún hijo varón. Que Felipe, por sobrenombre Augusto, hijo de este rey Luis, nació de Alisa, hija que fue del señor de Bles, con quien este rey se casó últimamente

después de la muerte de doña Isabel.

El emperador, su suegro, sin saber lo que pasaba, acompañado de sus dos hijos y de don Sancho, rey de Navarra,

salió al encuentro a su yerno hasta Burgos. Acudieron de toda

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España de las partes comarcanas, de las que caían lejos y de las postreras, así señores como gran muchedumbre de hombres, a ver tantos reyes en unas mismas casas y morada. Sacaban arreos, galas, libreas, finalmente, todo lo que en España era hermoso y magnífico, como para hacer alarde y muestra de su grandeza acerca de los franceses, que tenían por pobreza todo lo de acá. Con este aparato llegaron desde Burgos a Santiago, y cumplidos enteramente sus votos, volvieron a la ciudad de Toledo para donde de las dos naciones, moros y cristianos, que obedecían al emperador, tenía convocadas Cortes con intento de hacer ostentación de mayor grandeza y poderío. Vino entre otros a la fama y al llamado don Ramón, príncipe de Aragón, con muy lucido acompañamiento. El rey Luis, considerado el arreo, atuendo y atavío, así de los grandes como del pueblo, que acudió en tan gran número cuanto nunca en la ciudad real se vio antes; demás de esto, sabida la verdad del negocio porque era venido, dijo no haber en Europa ni en Asia visto corte más lucida ni arreada; provincias en que se hallara en el tiempo que fue a la guerra de la Tierra Santa. Que daba gracias a Dios por tener por mujer hija del emperador don Alfonso, sobrina de don Ramón, príncipe de Aragón. Hiciéronse juegos con gran magnificencia y presentes al rey, huésped de gran estima; más no quiso tomar cosa alguna, fuera de un carbunco muy grande y de gran valor, y con tanto se volvió alegre a su tierra. Acompañóle don Ramón hasta Jaca, en que los recibieron con aparato real y toda muestra

de alegría, como testifican las historias de Aragón.

Falleció el conde de Urgel a 28 días del mes de agosto; fue

nieto de don Peranzules; y del lugar donde se crió y para

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diferenciarle de otros del mismo nombre, lo llamaron Armengol de Castilla.

El año siguiente 1155, a 11 de noviembre, viernes, como dicen los Anales Toledanos, nació a don Sancho, rey de Castilla, de doña Blanca, su mujer, un hijo, llamado don Alfonso, heredero que fue adelante del reino de su padre y abuelo. Habíase tratado en la alianza que se hizo en Tudelín de repudiar a esta doña Blanca por no ser aún de edad para casarse; pero las leyes de la equidad, el amor del marido y la inocencia de aquella señora

prevalecieron para que no se le hiciese tal agravio.

Siguióse una guerra en aquella parte de la Galia Narbonense que se llama la Provenza por esta ocasión; Hugón Baucio y sus hermanos, hijos que eran de Raimundo Baucio y nietos de Gilberto, ganaron el tiempo pasado un privilegio de los emperadores alemanes Conrado y Federico, en que les concedían todo lo que el conde Gilberto, su abuelo, había poseído. Fundados en este privilegio, pretendían toda la Provenza; y fortificándose en el pueblo Trencatayo, trabajaban todos los lugares comarcanos. Don Ramón, con el cuidado que tenía de su sobrino, marchó para allá con un grueso ejército, con que abatió el atrevimiento y orgullo de los Baucios y en breve los redujo a obediencia.

En el mismo tiempo el cardenal Jacinto, legado en España, sosegaba las contiendas y daba asiento en el estado de las iglesias, en particular a instancia de Juan, arzobispo de Toledo, pronunció sentencia en Nájera en favor del primado de Toledo

contra los arzobispos de Santiago y de Braga. Fue esta legacía de

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Jacinto muy señalada y famosa en esta era. Envióle Anastasio IV, pero llegó a España en tiempo que era ya pontífice el que le

sucedió, que fue Adriano IV.

En el tiempo que Luis, rey de Francia, estaba en Toledo, sucedió hacerse mención de san Eugenio, primer arzobispo de Toledo, cuyas reliquias poco antes se dijo tenían en la iglesia de San Dionisio cerca de París; pedían que los sagrados huesos se trasladasen a España; llevaban mal los franceses esta demanda; alcanzóse solamente que les enviasen una parte. El rey Luis, vuelto a su patria, hizo esto y lo cumplió enteramente, que envió el abad de aquel monasterio a su suegro con el brazo derecho del mártir. Ya que llegaba cerca de Toledo, salieron en procesión a recibirle el emperador don Alfonso, los dos reyes, sus hijos, los grandes, el pueblo y varones sagrados. La sagrada arca fue en hombros del emperador y de sus dos hijos llevada a la iglesia mayor, y puesta en el sagrario de ella a 12 días de febrero el año de nuestra salud de 1156. Los demás huesos del sagrado cuerpo se trujeron a Toledo a instancia de don Felipe Il, rey de las Españas, y por diligencia de don Pedro Manrique, canónigo de Toledo, que para este efecto fue enviado por embajador a Carlos IX, rey de Francia, cuatrocientos nueve años, nueve meses y seis días más adelante, con igual ejemplo de piedad, pompa y aparato el mayor que se vio en España; y se pusieron en el mismo templo

debajo del altar mayor en capilla particular y devota.

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CAPÍTULO IV. De la muerte del emperador don Alfonso

Con las vistas de estos príncipes parecía ser acabadas las guerras civiles entre cristianos; pero el haberse apartado y desmembrado el reino de Navarra del de Aragón, como se hizo los años pasados, tenía puesto en mayor cuidado a don Ramón, príncipe de Aragón, que fácilmente lo pudiese olvidar. Solicitó al emperador para que, renovado el asiento y liga hecha en Tudelín, juntas las fuerzas acometan a don Sancho, rey de Navarra, enemigo común. Como prendas de este concierto y para mayor seguridad se concertó casamiento entre doña Sancha, hija del emperador, habida en Rica, su mujer, y el hijo de don Ramón. Acordóse esto por entonces sin pasar adelante a causa de la poca edad de los dos. En esta confederación comprendieron a los hijos

del emperador, don Sancho y don Fernando.

Verdad es que don Alfonso el emperador deseaba más ser medianero en la paz que movedor de la guerra, y aún estaba más inclinado al rey de Navarra, de do se mostraba igual esperanza y partido, esto es, de casar con él otra hija,llamada doña Beatriz, habida en su mujer doña Berengaria o Berenguela, lo cual se efectuó adelanto, y entonces se movió este tratado, que no era de menospreciar; por esto con diferentes excusas se entretenía de día en día, y alegaba, ya una, ya otra causa de la tardanza para no juntar, como lo tenían concertado, sus armas con los aragoneses; decía que se debía primero de acudir a la guerra sagrada y atajar

las pretensiones de los moros, antes que el imperio de los

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almohades con el tiempo se amigase más en España, en especial que por muerte de Abdelmon, su hijo y sucesor Jacob, que otros llaman Yusuf, hombre muy soberbio y de grande experiencia en las cosas de la guerra, asentadas las cosas de África, con sesenta mil de a caballo y mucho mayor número de infantes era pasado con grande espanto de los fieles en España, llamado de los moros

que en ella estaban para ayudar a su gente y vengarla.

Aquejábale este cuidado y riesgo; rogó grandemente a don Ramiro, príncipe de Aragón, que juntado un grueso ejército se aparejaba para entrar por tierras de Navarra, que no comenzase la guerra antes de la fiesta de san Martín. Hízose así, que se dilató aquella empresa; solamente por entonces se confirmó con nuevos homenajes en Toledo la confederación pasada por el mes de febrero del año 1187. Llevó esla tardanza don Ramón con ánimo más igual a causa que en el mismo tiempo los movimientos de Francia le forzaron a ir de nuevo a Narbona con esta ocasión: Hermengarda, vizcondesa de aquella ciudad, trabajada por las armas de los comarcanos, fue forzada entregarse a y a su señorío en la fe y amparo de don Ramón, su tío. El que dio este consejo, Berengario, arzobispo de Narbona, dejada la Francia, la acompañó hasta Perpiñán, donde todas estas

pláticas se trataron y concluyeron.

El emperador don Alfonso, determinado de hacer guerra a los moros, convocó a sus dos hijos, a los prelados y señores de todo su estado, y formando un grueso campo, rompió por el Andalucía, taló los campos y quemó los lugares, robólos y saqueólos por todas partes. Era miserable aquella parte de

España en este tiempo, por ser trabajada y afligida de la una

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gente y de la otra, moros y cristianos. Ganóse la ciudad de Baeza, que había vuelto a poder de moros, Andújar y Quesada; y porque los calores del estío eran grandes y los lugares mal sanos, determinado el emperador de volver a Castilla, dejó en el gobierno de aquellas ciudades al rey don Sancho, su hijo, porque si quedaban sin tal amparo no volviesen a poder de moros como otras muchas veces. La mayor parte del ejército quedó con don Sancho. Él con don Fernando, su hijo, y con los demás volvieron atrás. En este camino, en el mismo bosque de Cazlona y Sierra Morena, el emperador cayó enfermo, y como no pudiese sufrir ni disimular más tiempo la fuerza de la dolencia, por tener el cuerpo quebrantado con tantos trabajos más que por su edad, cerca del lugar de Fresneda mandó debajo de una encina le armasen una tienda; hacíale compañía don Juan, arzobispo de Toledo, que le confesó y comulgó; dio la postrera boqueada a 21 del mes de agosto; vivió cincuenta y un años, cinco meses, veintiún días; dignísimo príncipe de más larga vida.

No hubo persona más santa que él siendo mozo, ni vio España cosa más justa, fuerte y modesta siendo varón; reinó treinta y cinco años, poco mas o menos; tuvo título y majestad de emperador veintidós años y seis meses; fue príncipe colmado de todo género de virtudes, y su memoria fue muy agradable a la posteridad por la voluntad que mostró perpetuamente de ayudar a la religión cristiana. “Tuvo tres mujeres, doña Berenguela, doña Beatriz y doña Rica. En doña Beatriz no parece tuvo hijos; de doña Rica hubo a doña Sancha; doña Berenguela parió a don Sancho y don Fernando, que sucedieron a su padre, y a doña

Isabel y doña Beatriz; demás de estos, a don Alfonso y don

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Fernando, como parece por un privilegio de la iglesia mayor de Toledo. Este don Fernando murió niño, y su padre le hizo sepultar en el monasterio de San Clemente que hay de monjas en aquella ciudad, que él edificó; el letrero de la sepultura decía: Aquí está el muy ilustre D. Fernando, hijo del emperador D. Alonso, que hizo este Monesterio.

Púsole aquí por honralle.

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CAPÍTULO V. Cómo don Sancho y don Fernando

sucedieron a su padre

Don Sancho y don Fernando, hijos del difunto emperador, mozos el uno y el otro muy escogidos y aventajados, como su padre lo dejó señalado y dispuesto, así dividieron sus estados. El reino de León y los gallegos quedaron por don Fernando; don Sancho, que era el hermano mayor, poseyó a Castilla y a las demás provincias que andaban con ella; ambos fueron buenos príncipes en tiempo de paz y diestros en la guerra, de tal manera, que parece querían imitar a porfía las virtudes de su padre. Don Sancho era más amado del pueblo, por ser de condición blanda y benigna; por esto y porque murió antes de tiempo le llamaron don Sancho el Deseado; don Fernando daba orejas a los malsines, que tienen por costumbre torcer las palabras y los servicios de otros, con que se enajenó las voluntades de los grandes. Era otrosí sospechoso naturalmente, enfermedad que si no se reprime con la razón, acarrea mal y daño. Por esta causa, como no se fiase de su hermano, antes que hiciesen las honras a su padre y antes que le sepultasen, acudió a León para tomar la posesión de aquel reino. Al contrario don Sancho, sabida la muerte de su padre, a grandes jornadas llegó a Fresneda, donde, acompañado de los prelados y grandes llevó el cuerpo de su padre difunto a Toledo, do le sepultaron con aparato real, y muy célebre por las lágrimas de todo el pueblo, en la iglesia mayor de

aquella ciudad.

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A esta sazón don Sancho, rey de Navarra, a quien con la edad por la grandeza de las cosas que hizo y por la erudición de su ingenio dieron sobrenombre de Sabio, por parecerle tenía buena ocasión de vengar las injurias pasadas, juntado el ejército de los suyos que tenía apercibido para defenderse, pisó hasta Burgos haciendo mal y daño. Parecía haber con esto hecho lo que bastaba para sustentar el crédito y opinión, pues acometía a sus contrarios el que apenas se entendía sería bastante para defenderse de los intentos de tan grandes reyes que le pretendían derribar. Para muestra de lo cual traía este rey por blasón en campo rojo una banda dorada con dos leones, que por una parte y otra la despedazaban a porfía. Hecha pues esta entrada, con la

misma presteza dio la vuelta para su tierra.

Los moros de Andalucía, por quedar las plazas, que en la guerra pasada les habían sido tomadas, desamparadas de la ayuda de don Sancho, sin dilación las tornaron a recobrar. Era necesario acudir a entrambas partes; pareció reprimir primero el atrevimiento del rey de Navarra, porque disimulando la injuria, no se disminuyese la autoridad y majestad del nuevo rey, dado que de su condición se inclinaba más a la paz que a la guerra. Hacía sus apercibimientos de armas, dinero y soldados. Sucedió muy a propósito que Ponce, conde de la Minerva, el más principal de los señores leoneses, y que fue paje de armas del emperador don Alfonso, agraviado por el rey don Fernando que le despojó de su estado, dejado León, se pasó a Castilla. Era grande el crédito de su esfuerzo, y muy aventajado el ejercicio que en las armas tenía. Por esto y porque don Sancho estaba

ocupado en dar asiento en las cosas del reino, recibido que hubo

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benignamente al conde, y dádole esperanza de alcanzarle perdón de su señor, le hizo general y le dio cuidado de la guerra de Navarra. Aceptó el cargo, y con un grueso ejército que llevaba,

por tierra de Briviesca llegó a la Rioja en busca del enemigo.

Hay una llanura no lejos del lugar de Bañares, llamada Valpiedra, en que se dio la batalla. Los navarros ordenaron sus huestes de esta manera. Don Lope de Haro iba en la vanguardia, don Ladrón de Guevara en la retaguardia, el mismo rey don Sancho en el cuerpo de la batalla. Las gentes de Castilla, como en número así en valor sobrepujaban; ordenaron también ellos sus haces, y presentaron la batalla al enemigo; cerraron los escuadrones con igual denuedo. Los castellanos al principio fueron echados de su lugar, después mudándose la fortuna de la pelea, quedaron con la victoria. Los navarros volvieron las espaldas desapoderadamente. La matanza fue menor que conforme a la victoria. Muchos se acogieron y salvaron en los pueblos y castillos comarcanos, que eran suyos. Hizoles daño no esperar los socorros que de franceses les venían. Sin embargo, luego que llegaron, cobrado el rey ánimo de nuevo, no temió ponerse al trance de la batalla. En el mismo lugar y en el mismo llano tornaron a pelear. La batalla fue muy brava, ca los unos peleaban como vencedores, los otros por vencer. Finalmente, los navarros, atemorizados con la matanza pasada y daño recibido, quedaron vencidos, y el campo por los contrarios. Muchos de los más nobles quedaron presos, que trató don Ponce benignamente. Decía no era venido a hacer guerra con los prisioneros y con su miseria, sino a vengar solamente la temeridad del rey. Soltólos

demás de esto, y dejólos ir libres; humanidad que fue entonces

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muy alabada, en especial que, no sólo dio libertad a los navarros,

sino también a los franceses.

Ganada esta victoria, volvió a Burgos; el rey, después de alabar el esfuerzo de los soldados y hacerles mercedes según los méritos de cada cual, más que a todos honró con todo género de cortesía al general Ponce. El agrado llegó a tanto, que con deseo de restituirle en su patria y en su estado, como lo tenía prometido, revolvió contra las tierras de León, y llegó con su ejército y con sus gentes hasta Sahagún, determinado hacer la guerra a don Fernando, su hermano, si no venía en lo que parecía justo y él quería. El rey don Fernando, visto el peligro que corría, vino desarmado a verse con su hermano el rey don Sancho; con estas vistas se acabaron los desabrimientos, mayormente que don Fernando, no solo prometía de restituir al conde don Ponce su estado y perdonarle, sino de hacerle mucho mayores honras y mercedes. Ofrecía otrosí para mayor muestra de humildad de hacer pleito homenaje a su hermano y ponerse en su poder y en sus manos; cortesía que don Sancho, trocado el enojo en humanidad, como acontece sosegada la contienda, dijo que no sufriría que el hijo del emperador fuese sujeto ni

reconociese homenaje a imperio de ningún príncipe ni monarca.

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CAPÍTULO VI. De los principios de la caballería de

Calatrava

El lugar de Calatrava está puesto en los oretanos, cerca de Almagro, en un sitio fuerte y a la ribera de Guadiana. En el tiempo que se ganó de los moros le entregaron para fortificarle y guardarle a los templarios, soldados de cuyo esfuerzo y valentía se tenía grande crédito; pretendían que sirviese como de fuerte para reprimir las correrías de los bárbaros; pero ellos, por aviso que tuvieron que los moros con grande esfuerzo en muy gran número le querían poner cerco, perdida la esperanza de poderle defender, le volvieron al rey. No se hallaba entre los grandes alguno que de su voluntad o convidado por el rey se ofreciese y atreviese a ponerse al peligro de la defensa; solos dos monjes del Císter, que venidos por otras causas a la corte, se hallaban a la sazón en Toledo, se atrevieron a esta empresa; estos eran fray Raimundo, abad de Fitero, junto al río de Pisuerga (yerran los que atribuyen esta loa a otro monasterio de Fitero que está en Navarra cerca de Tudela, pues consta que no estaba edificado en este tiempo), y el compañero que traía, llamado fray Diego Velázquez; éste había sido soldado viejo del emperador don Alfonso, afamado por muchas cosas que en la guerra hiciera, después cansado y por menosprecio de las cosas humanas se metió monje, y al presente, como era de gran corazón, con muchas y buenas razones persuadió al abad se encargase de la

defensa de aquella plaza; consejo, al parecer, temerario, pero en

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efecto inspirado de Dios, como yo pienso, porque contra tantas dificultades como se presentaban, ninguna razón ni prudencia era bastante. Fue esta oferta muy agradable, primero al rey, después a don Juan, arzobispo de Toledo, que estaban antes tristes y faltos de consejo en aquel aprieto tan grande. El dicho arzobispo demás de esto, porque Calatrava era de su diócesis, ayudó con sus dineros, y desde el púlpito persuadió así a los nobles como a los del pueblo que debajo de la conducta del Abad se ofreciesen al peligro y a la defensa, porque no pareciese que desamparaban en aquel trance y faltaban al deber y a las cosas de los cristianos; cuanto menos perdonasen a y a sus haciendas, tanto estarían y serían más seguros; perdido aquel pueblo, que era como baluarte, la llama y el fuego pasaría a las haciendas particulares y tierras de cada cual. Sucedieron estas cosas al

principio del año 1158.

El rey hizo donación del señorío de Calatrava y de su tierra a Santa María, de la orden del Císter, y en su nombre al abad Raimundo y compañeros para siempre. Es de grande momento la fama para cualquier negocio; que las más veces es mayor que la verdad. Así, como se divulgase el ruido de este apercibimiento que se hacía para defender aquel pueblo, los moros, perdida la esperanza de ganarle o embarazados en otras cosas, no vinieron sobre Calatrava. Éste fue el principio dichoso y bienaventurado de aquella milicia y orden, porque muchos soldados siguieron al abad y tomaron el hábito que él les dio, señalado y a propósito para no impedir el uso de las armas; y luego vuelto a Toledo, hinchó al rey y a los ciudadanos y corte de alegría por lo que

acometiera y hiciera; juntamente de su monasterio, do era

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prelado, trajo gran copia de ganado, y de los lugares comarcanos hasta veinte mil personas, a quien repartió los campos y pueblos cercanos a Calatrava para que en ellos poblasen y viviesen, por estar yermos de moradores. Con esta diligencia el pueblo de Calatrava quedó muy bien fortificado para cualquier cosa que sucediese. El abad Raimundo falleció algunos años después en Ciruelos, aldea en que también estuvo sepultado. La gente de aquel lugar, por la diligencia que usó en defender a Calatrava, le hace tanta honra, que se persuade haber hecho milagros, y le ponen en el número de los santos. Desde allí fue trasladado el año 1471 a Nuestra Señora de Monte Sion, monasterio de bernardos, junto a Toledo, por bula de Paulo Il, expedida a instancia del doctor Luis Núñez de Toledo, arcediano de Madrid y canónigo de Toledo. Diego Velázquez, después que vivió muchos años adelante, falleció en Gumiel en el monasterio de

San Pedro, en que está enterrado.

De estos principios la sagrada milicia y orden de Calatrava ha llegado al lustre que hoy tiene y vemos. Alejandro III la confirmó con su bula, siendo un caballero, llamado don García, el primer maestre de aquella orden, que fue el año 1164; a don García sucedió Fernando Escaza, a éste don Martín Pérez, a don Martín Nuño Pérez de Quiñones, a estos otros. El convento que la primera vez fue puesto en Calatrava, después le pasaron a Ciruelos, y más adelante a Bujeda, y de allí a Córcoles y a Salvatierra, últimamente a Covos en tiempo de Nuño Fernández, el maestre duodécimo de aquella orden. Hay otros menores conventos de aquella orden fundados en otros lugares, pero este

es el principal. Esta milicia adquirió adelante riquezas, autoridad

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y señorío de muchos lugares por sus servicios y por la gran liberalidad de los reyes. Estos lugares y encomiendas se daban antiguamente a los soldados viejos de aquella orden para que con aquellas rentas sustentasen honestamente la vida, sin que los pudiesen dejar en su testamento a los herederos; al presente con la paz, mudadas de lo antiguo las cosas, sirven por voluntad de los reyes a los deleites, estado y regalo de los cortesanos; así ordinariamente las cosas de la tierra de buenos principios suelen

trocarse con el tiempo y alterarse.

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CAPÍTULO VII. Cómo el rey don Sancho de Castilla falleció

A este tiempo don Ramón, príncipe de Aragón, por entender que con la muerte del emperador expiró la confederación pasada, en cuya virtud tenía como en feudo la parte de Aragón que cae de esta parte del río Ebro, acordó de verse con el rey don Sancho. Señalaron para estas vistas un pueblo llamado Nasama; allí en presencia de los grandes y de don Juan, primado de Toledo, se trató de esta diferencia. El aragonés pretendía que Zaragoza, Calatayud y otros pueblos y ciudades quedaban libres de toda jurisdicción de Castilla; más como quier que no pudiese alcanzar esto, por conclusión se concertaron que el de Castilla no poseyese en aquella comarca algunos castillos o lugares, y sin embargo, los reyes de Aragón les hiciesen homenaje por aquellas ciudades y fuesen obligados cuando los llamasen de venir a las Cortes del reino de Castilla; demás de esto, la liga que tantas veces se hiciera